Sí, quiero

Dar el ‘sí quiero’ ha pasado de la época en la que casarse era prácticamente una obligación aferrada al refrán ‘El melón y el casamiento han de ser acertamiento’ a sufrir una rebelión que ha abierto la veda y permite casi todo.

A mi todo me parece muy bien, cada uno  puede decidir lo que le venga en gana, pero hay una cosa que nunca cambia: no hay fórmula mágica. Hagas lo que hagas, al final siempre te la juegas.  A parte de que las personas cambian, unos aguantan más que otros, y todos esos tópicos, existen una serie de factores externos que son ingobernables y afectan a la pareja como un virus letal.

Pero esa no es la cuestión, lo que yo realmente quería expresar es que a mi me gusta ir de boda.  Ver aparecer a la novia me parece máximo en una boda, aunque también valoro mucho lo que me dan de comer.

Me tomo en serio el hecho de que me inviten a un evento importante, fruto de una decisión fundamental de personas a las que, generalmente, quiero y significan algo para mi.  Como agradecimiento, siempre cuido mi look, intento ir ad-hoc con los novios y el lugar de celebración e intento acompañar a los recién casados hasta el final.  Uno siempre sabe cuando tiene que estar y cuando no…

Este verano he disfrutado de tres bodas, muy diferentes las unas de las otras, pero todas muy divertidas.  Cuando los invitados tienen predisposición a pasarlo bien, sea como sea y pase lo que pase, te diviertes.  Cada una me trae  recuerdos con melodías diferentes y en todas ha habido emoción, sentimientos varios, belleza, alegría y mucho amor.

Una, pasión sosegada. Migas, ilusión, sueño hecho realidad.

Dos, pasión glitter. Playa, sol, relax, nervios del novio, adiós al sueño.

Tres, pasión lozana.  Echonet, regresión al pasado, flirteo, clandestinidad, divina juventud.

Como ya todo vale, no digo nada, pero no puedo evitar soltar sólo una cosa: por favor, que nadie se vista de blanco níveo para ir a una boda. Gracias.

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Topless o no topless esa es la cuestión

Estoy en el ecuador de mis vacaciones de verano.  Aprovecho la parada técnica en casa para escribir un poco, lo cual me encanta y relaja al mismo tiempo.

La primera parte del verano la he pasado en el norte de España, maravilloso, donde me he dedicado a practicar la llamada vida de cerdo: comer, dormir y amar, con el añadido de tener días de sol espléndidos (se precian más arriba).

Las playas del norte se embellecen notablemente cuando sale el sol y se poblan de familias en un santiamén.  Muchas familias con muchos niños con el traje de baño a juego, no sólo con sus hermanos sino hasta con sus padres y, si me apuras, con primos y tíos.  ¡Qué monada!  Todos juegan, se ríen y se salpican los unos a los otros en la orilla del mar.

Existen unas normas de conducta, un saber estar y un protocolo social para el que todos deberíamos estar educados y preparados en la democracia en la que vivimos.  España es moderna y ha evolucionado o ¿es lo que se dice?.

¿Cómo es posible que a día de hoy todavía choque que una tía haga topless en la playa?

¿No se puede ir a la playa en familia, todos con el mismo traje de baño y que mamá haga topless?

Hay zonas de España donde parece que hacer topless está penalizado y, en cambio, en otras, si no haces topless eres una mojigata.  El ‘qué dirán’ manda mucho en España.

Es como  lo del ‘ look biquinero’ robado de nuestra súper princesa: ¿realmente importa tanto ‘pillar’ a la super princesa o a las infantas en biquini?  o es que ¿si eres ‘real’ en España sólo te puedes poner traje de baño con cuello vuelto?

Me pregunto qué haremos las del pueblo llano cuando pillen a alguna cachorrita real haciendo topless