Cebras cojas vs. forrabolas – III

Esta semana me he hecho la pedicura con peces que se encargan de quitarte las pieles muertas sin morderte, sólo succionan.  Llevaba tiempo queríendolo hacer y por fín lo he hecho, me ha gustado, pero no creo que repita.  ¡Realmente parece que te comen!  En cuanto metes los pies en la pecera, los garra-rufa se precipitan hacia ellos en cero coma, es alucinante.  La sensación no es placentera, de hecho yo estuve los 30 minutos que duró mi peripecia acuífera de exfoliación con micromasaje en boca de pececillos, en tensión.  No es cosquilleo ni dolor son como calambres débiles.  Un capricho y una neccesidad, no concibo una mujer con los pies sin cuidar (haberlas, haylas) y menos en verano. Por una misma y por los que te rodean. Asco me da ver pies cuarteados, secos, negros, con el esmalte saltado y las cutículas que se comen las uñas.

Como la pijada esta me iba a llevar más tiempo del habitual (después de la media hora con los primos de las pirañas, me hacían la pedicura) me llevé el Vogue que acababa de salir.  Me quedé lívida cuando, ya casi al final de la revista, veo un artículo que trata el tema de mis siguientes cebras cojas.  Fue la señal, el click que me hizo espabilar y obligarme a escribir si o si un post este fin de semana, ya no podía retrasarlo más (prometo que no he tenido tiempo, no ha sido dejadez).

Mis cebras cojas de esta semana (y forrabolas por extensión) son, digamos que de nueva creación, por lo menos en número, porque las anteriores han existido siempre.  Si has leído mi blog, aunque no me conozcas personalmente, sabes que soy mayor de 30 y que este año he ido a varias bodas (después de ese post, he ido a 2 más y me quedan otras 2 este año y todas de amigos de nuestra edad). Hasta aquí muy bien, el problema llega cuando quieres culminar tu amor con un hijo que no llega.

No voy a dar lecciones sobre infertilidad a nadie, sobre todo cuando en el Vogue de este mes, por ejemplo, te lo explican todo muy bien, pero si voy a contar lo que conlleva esa infertilidad.  En el mejor de los casos, la pareja lo asume o encuentra otra alternativa decantándose por la adopción o compra de un animal, pero en muchos otros casos, se produce tal deterioro en la pareja que nunca vuelve a ser lo mismo, cuando no se rompe.

Me da mucha pena ver parejas enamoradas que se desintegran y se culpan sin cesar por no poder tener descendencia propia y no son capaces de suplir ese vacío.  Me entristece ver el daño causado en parejas que dejan de jugar o luchar en equipo.  No puedo con la sensación agridulce que se produce con la noticia de un embarazo ajeno.  Me dan ganas de llorar cuando una amiga se aleja porque no es capaz de integrarse en un grupo de amigos con hijos…

Pido a estas cebras cojas que no desesperen, que hagan todo lo que esté en su mano por superar esa situación y, pase lo que pase,  sean felices.  Se puede ser muy feliz en pareja sin tener hijos.  La vida es corta y no hay que venirse abajo ante los infortunios, ha y que disfrutarla.

Cebras cojas vs. forrabolas – II

Estoy mustia porque no puedo comer, bueno, comer todo lo que me gusta.  Este verano me he pasado un poco con los bocatas calientes de sobresada con queso, las ensaimadas y los Cacaolats (espero que alguien lo rescate y lo compre), por no hablar del resto, claro.  Comer es un placer que, además, me divierte y me descubre muchas cosas.

Toda la vida he merendado y creo, que es una de mis comidas preferidas del día.  No es lo mismo comerte un donut o una palmera (recomiendo encarecidamente la de chocolate de Riofrío) que piña o una manzana, pero ahora me toca dejar de lado la bollería  y pasar a  la fruta. Éste hábito es personal, me tomo algo yo sola, cuando me lo pide el cuerpo, no tengo hora fija.  Generalmente suelo merendar en la oficina o cuando me levanto de dormir la siesta los fines de semana, por eso no suelo quedar para merendar, aunque a veces, lo hago.

Para celebrar el cumple de los niños, mis amigas con hijos organizan meriendas.  Las que más me gustan son las que tienen muchas performances y cuidadoras (como se dice ahora) para los niños.  Es algo que a ellos les encanta, les divierte, les entretiene un montón y, sobre todo, dejan que los mayores podamos hablar (a veces).  En este tipo de meriendas se dan cita muchos tipos de cebras cojas y de forrabolas…

Por un lado, tenemos a la famosa cebra coja que busca novio de su edad para estabilizar su vida personal versus el forrabolas que huye de las de treinta-y-tantos, en busca de carne fresca y diversión. Ni ellas son unas sosas secas ni ellos unos engreidos, lo que ocurre es que no se han encontrado.  Donde haya una/o de treinta con futuro, que se quite todo lo demás.

Por otro lado, encontramos a la madre entregada a sus hijos que tiene un trabajo de media jornada o no trabaja, una au-pair en verano para que sus polluelos empiecen con los idiomas (todavía son muy pequeños para mandarlos fuera) y un marido que no para de trabajar: todo el día pegado a  la Black&Berry, llegando muy tarde de trabajar y con muchos viajes. – ‘Menos mal que Pedro no llegó ayer demasiado tarde de trabajar, ha podido descansar y venir al cumple…  No para de trabajar, pero eso si, siempre me trae algún regalito‘-.

Pedro, en cuestión, no es feo, es de familia bien y tiene un trabajo digno, pero de ahí a ser un lince de las finanzas, pues va un trecho.  Para empezar, si sabes a lo que se dedica, los viajes no se sabe muy bien para qué son y la B&B no es precisamente su instrumento de trabajo, la tiene porque, bueno, ¿quién no tiene hoy un smartphone?  Pedro es un tipo que ha cumplido con lo que le ha ido dictando su entorno y la sociedad en la que vive, pero lo que a él le gusta es la jarana.  Y lo siento, pero a la cabra le tira el monte.

Tanto Pedro como su amada esposa mantienen lo que les han dicho que tienen que ser y hacer, pero él también es y hace lo que a él le da la gana, mientras que ella calla y traga.

Parecen una pareja perfecta, pero es un engaño.  Ella es una cebra coja y él un forrabolas.  Ambos saben a qué juegan porque ninguno de los dos es tonto, pero ninguno es sincero con el otro.  En este caso, ¿a quién se creen que engañan, a parte de a ellos mismos?

Cebras cojas vs. Forrabolas – I

Se acabó lo que se daba, empieza el año escolar y, con él, todas las rutinas.

Está bien tener costumbres, estar organizado y saber lo que tienes que hacer en cada momento, pero a veces es un auténtico coñazo ceñirte a lo establecido.  Me encanta quedar con mis amigas -sólo chicas- y ponernos al día de lo que ocurre realmente en nuestras vidas.  Aunque sea tarea difícil juntar incluso a un par de amigas, una vez has quedado con ellas, te alegras, es muy gratificante y un gran desahogo.  Rompedora ráfaga de aire fresco en el día a día.

Todos tenemos nuestra vida y cada uno llevamos un estilo de vida.  Somos diferentes, pero hemos aprendido a querernos tal y como somos, lo que nos ha convertido en amigos.

En una de estas quedadas femeninas, una de mis amigas empezó a quejarse de su jefa.  Era la típica jefa explotadora hija de puta auto-colgadora de medallas ajenas que le hacía la vida imposible (en exclusiva).  Mi amiga no entendía nada.  Ella hacía bien su trabajo y, aparentemente, su jefa lo tenía todo:  inteligente, guapa, con buen tipo, simpática, con una carrera profesional prometedora, muchos amigos, etc.  ¿Por qué se portaba así de mal con ella?

Dos meses después (lo que tardamos en volver a vernos), nos contó que ya sabía el motivo de los maltratos de su jefa hacia ella: resulta que la bella y exitosa jefa con tipazo de infarto y millones de planes los fines de semana, estaba arrepentida y harta.  ¿Arrepentida? Si, estaba totalmente arrepentida de haber dejado a su novio, dos años atrás.  ¿Harta? Si, estaba hasta las narices de tener que salir  todos los fines de semana, sin poder quedarse en casa un sábado por la noche en pijama viendo un peli y comiendose una pizza o una hamburguesa porque sino tenía la sensación de ‘estar perdiéndose algo’.

Ante la imposibilidad de encontrar a su media naranja y ver que los años pasan, la repercusión fue un odio descontrolado hacia las mujeres de su edad casadas o con novio.  Con mi amiga, hicieron las paces. Hablando se entiende la gente y, muchas veces, es muy bueno hablar.  La comunicación es muy importante.

Justo en la mesa de al lado, teníamos a cuatro tíos solos de nuestra edad hablando de sus cosas y como no, a parte de fútbol, hablaron de tías.  Poniendo la oreja, resulta que son mejores las de veintitantos porque ‘no dan problemas’, se lo quieren pasar bien, que las saques y ya está.  No como las de nuestra edad que sólo están pensando en casarse y tener hijos, decía uno medio calvo y con barriga cervecera.

He llegado a una amplia conclusión que da lugar a nueva terminología: cebras cojas y forrabolas.  A partir de aquí, iré hablando de cebras cojas y forrabolas y cualquier comentario será muy bienvenido. Let’s dance!