27

Ha pasado un mes desde la última vez que escribí, ¡qué desastre!  My apologies a todos mis lectores y puñadito de seguidores.  No puedo prometerlo, pero voy a intentar que esto no se repita.

Desde entonces, hace un mes, me han pasado un montón de cosas que os podría contar, pero como no cuento mi vida tal cual para no dar el tostón, me voy a ceñir a contaros la vida del 27, el autobús que va de Plaza Castilla a Emabajadores.  Igual que ya he expresado mi aversión al metro, con el autobus, me pasa todo lo contrario.  En cuanto puedo, pillo el bus y mi preferida, de entre todas las líneas que practico, es la número 27.  La experiencia puede ser rutinaria, pasar desapercibida o se puede convertir en una auténtica locura de sexo, drogas y rock ‘n roll de lo más enriquecedora e interesante.

A veces me encuentro con algún conocido:

– Hola, ¿qué tal?

– Buenos días, bien ¿y tú?

– Bien, gracias.

Punto y final, cada uno por su lado, que ir en bus es un tema muy personal y privado para mi.

Los pseudo yupies, bb en mano haciendo como que no paran de currar en el bule me hacen mucha gracia porque se exasperan cuando ven acercarse a las mamás que pelean con sus niños para que se terminen el Actimel del desayuno, al mismo tiempo que sujetan el mochilón con ruedas, la magdalena y pican el billete. Mi  Yupyman preferido, jovencito, con tirantes de vez en cuando, engominado y boqueras de pasta de dientes, suda horrorizado ante el sobe que sufre su traje y el riesgo de manchas grasientas y pringosas que se avecinan.  Es tímido y no se atreve a decir ni mu y justo, cuando esta escena ocurre, dos paradas después de que él suba, el bus va tan de bote en bote que ya no hay espacio para moverse.  Siempre le pasa lo mismo, ¡¡¡ ajajaajaajajaa!!!!

Los adolescentes me fascinan, me alucina la variedad de pavos que hay.  Están los gafapastas que comentan sobre átomos e iones, las nenas que mascan chicle desde que se levantan,  pintarrajeadas con disimulado descaro y mil vueltas en la falda del uniforme.  Los modernillos con auriculares fosforitos tamaño XL (menos mal que han vuelto, ya no hay que tragarse la música de los nenes a todo trapo), pantalones pitillo (ellos con el calzoncillo a la vista y ellas el tanga) y Vans contrastan con los más clásicos de ‘chinos y castellanos’ que apuntan maneras mirando de reojo los escaparates de Cortefiel, plagados de tebas. Los tortolitos con granos pajilleros que se morrean y se cuchichean al oido en cualquier esquina son la diana de todas las miradas de los anteriormente mencionados.  En realidad todos quieren morrearse, da igual el look que lleven, al colegio que vayan o lo empollones que sean, a esa edad lo que más mola es que ‘vayan a por ti’, ‘estar por alguien’ y jugar a ‘verdad, beso o atrevimiento’.  Para que todo eso sea más fácil, en cuanto pueden se reúnen, toman copas, fuman e incluso le pegan alguna caladita al peta que pulule y bailan.   Por muchas campañas que se hagan anti drogas, sexo y alcohol, los adolescentes siempre seguirán haciendo lo mismo.

Termino el safari urbano del 27 con Madame Poireau, una incondicional del 27 por las mañanas.  Una señora de unos cincuenta y pico años, soltera y con un alter ego que no para de  l’embêter.  Siempre va vestida de color verde caza, nunca se sienta y va enfrascada en conversaciones silenciosas con su otro yo.  No es que yo sea adivina, es que Madame Poireau no para de gesticular y hacer caritas.  Cuando se enfada zanja la conversación con un ‘guisantes, puerros y berenjenas’.  Al rato, la historia se repite, otra vez el palique insonoro con venga de guiños, muecas y ruiditos labiales para volver a terminar con ‘garbanzos, berzas y perejil’.  Me deja anonadada, a veces está leyendo y levanta la mirada del libro para soltar un ‘puerros, rábanos y calabacines’.  El tono verdulero de enfado, no falla.

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